Injusticia Social

“Los cobardes son los que se cobijan bajo las normas.”Jean-Paul Sartre

espectador

     En todas las sociedades humanas, de alguna u otra manera, existen normas, reglas, leyes, “pautas” o como queramos llamarles, que rigen todo lo que hacemos o nos indican los límites de lo que podemos hacer. Para fines prácticos y, para ir en consonancia con la frase que dio inicio a esta publicación, en lo adelante usaremos la palabra “norma”.

     Una sociedad utiliza las normas como forma de control, sea para asuntos morales, legales o hasta religiosos, pero ¿quien redacta esas normas? ¿a quien obedecen? ¿a quien benefician? ¿a quien perjudican? Es una realidad que a nosotros, independientemente de las respuestas, nos enseñan una norma básica: obedecer las normas.

     Desde nuestra infancia, pasamos por varios procesos donde vamos aceptando como bueno y válido el obedecer sin cuestionar. Esto nos va creando una actitud de sumisión y aceptación a tal grado, que a veces llegamos a aceptar cosas ridículas, solamente porque así se nos indica que lo hagamos. Esa actitud sumisa es explotada por varios “grupos”, de entre los cuales, uno que destaca es el de los políticos. Gracias a que los estados controlan los organismos que dictaminan las normas, la clase política ha ido adaptando las normas a su medida, permitiéndose las libertades que ellos necesitan y que los mantienen impunes cuando cometen actos de corrupción.

     Lo anterior permite a los políticos ser corruptos y estar tranquilos, pero no conformes con la pasividad y sumisión de la sociedad ante sus actos, crean nuevas normas para evitar, usando la fuerza si es “necesario”, que el pueblo proteste. Aun así, esas normas resultan innecesarias, dado que lo mas común es que nos limitemos a ser simples espectadores de las injusticias sociales. En muchos casos, cuando algunos intentan hacer algo en contra de esas injusticias, son otros “espectadores” los que intentan frenarlos, impedir que expresen sus argumentos de protesta. Esos son vistos por la clase política como “tontos útiles”, ya que a ellos no les sirven para nada, pero ayudan a no empeorar la opinión pública.

     El panorama mundial tiene en común la gran crisis del capitalismo, pero es interesante ver la forma como todos los gobiernos han ido aplicando “ajustes” que consisten en recuperar dinero, no de los responsables causantes de las crisis, sino, del pueblo. Esto lo hacen imponiendo más impuestos, recortando asistencias o ayudas, reduciendo presupuestos educativos o de salud, aumentando la edad para el retiro (acceso a las pensiones), entre otras cosas que debieran considerarse como injusticia social, pero que lamentablemente, lo vemos como “normal”. Los gobiernos acomodan todo para que sus patrocinadores (los grandes empresarios dueños del capital), puedan operar sus negocios sin problemas, aun cuando esto implique estrangular, casi literalmente, a la población.

    Callarnos antes la injusticia, es ser partícipe de ella. Las razones para tomar acción son casi infinitas, sin embargo, las razones para mantenernos como espectador y no expresarnos, al menos a mi entender, son nulas.

     Las normas deben acatarse únicamente cuando son en favor de todos, pero cuando las normas son creadas para el beneficio de pocos y en perjuicio de muchos, deben impugnarse. Debemos expresarnos en todas las maneras que podamos, contra la injusticia social, contra la corrupción de la clase política, contra la manipulación mediática, contra la pasividad e indiferencia de aquellos que no tienen conciencia.

 

No pequemos nunca, ni de traidores ni de cobardes. La justicia social se debe hacer cumplir desde abajo hacia arriba. El pueblo no debe ser quien pague la pena de los verdaderos culpables. Quizá algún día dejaremos de ser espectadores de la injusticia social, cobardes y traidores de nuestra propia sociedad, partícipes de nuestra propia desgracia.

Represión

“Los que niegan la libertad a los demás no se la merecen ellos mismos”Abraham Lincoln
     Las hermanas Mirabal, fueron asesinadas hace más de medio siglo, durante una sangrienta dictadura, donde la libertad de expresión era un pecado capital. Hoy día, “Hermanas Mirabal” es el nuevo nombre dado a la provincia “Salcedo”, en la República Dominicana.

     Ironías que nunca faltan en la vida, ahora en esa provincia, el pueblo sale a protestar por la muerte de un deportista a manos (supuestamente) de la policía. Se protesta exigiendo justicia. Lejos de justicia, envían nada menos que al ejército, con armas largas y bombas lacrimógenas y, por lo visto, licencia para matar, no importa a quién ni por qué.

     Es justo lo que hacen los militares, abusan de las personas, lanzan bombas como si se tratase de juegos de niños. Una de las bombas es lanzada dentro de una capilla, donde una mujer embarazada, con 23 años de edad, resulta muerta.

     Un hombre que socorre a un herido y lo traslada al hospital en su motocicleta, es perseguido por los terroristas militares, quienes lo alcanzan en el hospital y lo muelen a golpes, tal como golpean brutalmente a otros ciudadanos que no representaban absolutamente peligro alguno.

     Algunos de los que fueron heridos por los abusadores militares, tanto por golpizas como por disparos, fueron salvajemente sacados del hospital, con balas aún incrustadas y sangrando. Uno incluso, es acompañado por su madre, quien le ayuda a sostener el suero que tenía en el hospital. Como era de esperarse, al menos uno de ellos muere en la cárcel, por consecuencias directas de este abuso sin calificativo adecuado, simplemente una brutal represión, digna de una dictadura tan sangrienta como la que acabó con las hermanas Mirabal, que hoy dan nombre a la provincia de Salcedo.

     A fuerza de impunidad, poder absoluto, falta de principios y escrúpulos, el gobierno hace lo que le da la gana, sabiéndose que está por encima del bien y del mal. Hoy se quiere justificar lo injustificable, acusar o buscar chivos expiatorios donde no los hay, pero por sobre todas las cosas, evadir toda responsabilidad y simplemente, silenciar. Nada difícil cuando se tiene control casi total de los medios de comunicación, cuando se tienen representantes en cada rincón al que podamos tener acceso y, además, cuando se puede comprar con dinero, la dignidad de muchos que se bastan con su beneficio propio y cierran los ojos ante la injusticia.

Este es un video con algunas imágenes y comentarios sobre los abusos de la represión:
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=k4oz1cWBzV8

La multitud solitaria

“En todo el mundo, no hay soledad como en la gran ciudad”Helen Hayes

     Estando de vacaciones en La Gran Ciudad (NYC), analizando, como siempre, comportamientos de las personas en cada entorno al que me muevo, me encuentro con un contraste tan grande como la ciudad misma: La soledad en medio de la multitud.

     Suena algo irónico o paradójico, pero no por ello deja de ser real. Resulta que es una ciudad muy poblada y, no solamente en cantidad de personas, sino, también en cantidad de culturas distintas, conviviendo al unísono, todas al ritmo marcado por la propia ciudad, un ritmo verdaderamente acelerado.

     Grandes masas de personas en las calles, algunos trabajadores, otros, visitantes. Los primeros, van a toda prisa, por sus horarios laborales; los segundos, van a toda prisa porque el ser humano tiende a imitar los comportamientos en masa, sin detenerse a entender las razones.

     Algunos visitantes, se detienen a tomar fotos a los altos edificios, los luminosos letreros o algunas arquitecturas que merecen la pena retratar, no sin antes haber fotografiado varias cabezas humanas, ya que nadie se detiene al ver una cámara apuntando el objetivo hacia una edificación. A nadie parece importarle nada, excepto llegar a destino a tiempo.

     El tiempo, precisamente un factor clave en nuestras vidas. Es el tiempo el que nos marca el ritmo de vida, que debería ser nuestro guía, pero imitamos el ritmo de la ciudad e ignoramos el nuestro. El tiempo en que vivimos es uno solo: Presente. Pero parece que la multitud sólo se preocupa por el tiempo futuro, antes del cual debe llegar, y el tiempo pasado, mortificándose por haberlo perdido o por las cosas que nunca se hicieron.

     Ritmo acelerado, tiempo presente ignorado. Esta combinación crea una sensación de soledad, viendo la multitud como un todo, es una multitud solitaria.

     Continuando mi camino, llego a un puerto llamado South Ferry. Me interesa conocer el lugar, por lo que decido entrar. Hay muchos policías afuera y adentro, algunos con perros que, asumo, están entrenados para olfatear explosivos y/o algunas drogas. Al entrar, veo un grupo de personas que esperan la llegada de un ferry. Pregunto el destino, me dicen que hacia Staten Island. Pienso unos segundos, luego, sin pensarlo demasiado, decido que iré a conocer la isla. Me pongo en una de las filas que esperan la embarcación. En unos minutos llega el ferry. La fila empieza a avanzar. Había olvidado averiguar el precio de ese transporte, aunque en la estación no había ventanilla alguna que indicara venta de tickets. Seguimos avanzando, paso cerca de un empleado de seguridad y le pregunto por los tickets, me dice que no hay tickets, que es gratis. Me sorprendí bastante. Luego de varios días pagando todo, en comparación con mi país de origen, sumamente caro, al fin algo gratis. Me alegré doblemente, tanto por el transporte, como por un paseo navegando hacia una isla nueva para mí.

     Zarpa el ferry, salgo, junto a otros turistas curiosos, a uno de los largos pasillos laterales del segundo piso, al parecer, hechos específicamente para los curiosos, fotógrafos y también los que desafiamos el frío viento de ese día, ya que dentro se estaba mucho más protegido del clima, pero  ahí me hubiese perdido toda la acción.

     Se ve la gran ciudad alejarse poco a poco, mientras el inmenso río Hudson, más grande por estar cerca de su desembocadura, es como un mar abierto, de aguas turbias. Se ve la famosa estatua de La libertad, lo que alienta a todo aquel con una cámara, a enfocar su objetivo y tomar sus propias postales. En pocos minutos llegamos a Staten Island. Suben algunos policías que esperan a que todos los pasajeros nos bajemos. Por lo visto, hacen una revisión minuciosa cada vez que el ferry toca puerto. Bajamos lentamente, ya que el ritmo acelerado de la ciudad quedó en el otro puerto.

     Veo que todos los pasajeros que bajaron, salvo muy pocas excepciones, se van directamente a la terminal de regreso, a esperar el ferry para volver. ¿Será que solamente querían disfrutar un viaje en barco? Puede ser, pero mi curiosidad no me permitiría simplemente volver, sin conocer nada en la isla.

     Salgo de la terminal, como no conozco nada, no tengo un mapa y tampoco un destino a visitar, tomo el camino más obvio, que de momento, es la única calle que tengo enfrente. Al caminar un poco, llego a lo que parece ser una de las calles principales de la isla. Al otro lado, hay una estación de policía. Fuera, hay varias patrullas vigilando todo a su alrededor. Me sorprendió que también en aquel lugar tengan tanta vigilancia. Antes de cruzar, veo un anuncio del “Staten Island Museum” (Museo de Staten Island), con un mapa indicando donde queda. La referencia principal era el puerto del ferry, que dejé atrás hace poco, por lo que me fue fácil ubicarlo, aparte de que estaba cerca. Me dirigí al museo, que más bien es una casa que adecuaron para exhibir algunas cosas.

     Lo primero que noto al entrar al museo, es la cordialidad, algo que no se ve a menudo al otro lado, en la gran ciudad. La mujer que está en recepción, que es la misma de ventas de tickets y también de “guía”, habla con una calma que me da a entender que realmente el ritmo acelerado no se extiende hasta la isla. Pasear todas las áreas del museo, es cuestión de pocos minutos, ya que realmente no hay mucho que ver, pese a que son 3 pisos de exhibiciones, pero galerías pequeñas, aunque interesantes.

     Al salir del museo, el estómago me da la señal de que es hora de alimentarlo. Al caminar un corto rato por la que asumí como calle principal (que probablemente no lo era, pues la isla es mucho más grande de lo que había imaginado en ese momento), encuentro una pequeña plaza con varios restaurantes. Entro a uno de ellos y veo que todos hablan español, incluyendo los clientes que había. El menú ofrece comida española y dominicana, que casualidad. Aprovecho para saborear mi adorado arroz con habichuelas, al tiempo que hago silenciar las quejas de mi estómago.

     Antes de irme, camino un poco más por las calles que me quedan cerca. Veo personas relajadas, que no les importa pararse a esperar la luz verde peatonal para cruzar la calle. Algunos adolescentes, más acelerados debido a su edad, cruzan las calles por donde no hay indicaciones de paso. De todos modos, no hay un tránsito considerablemente pesado, aunque vuelvo a notar la gran cantidad de policías que circulan por las calles, algunos parados conversando entre ellos en algunas esquinas.

         Al llegar nuevamente al puerto South Ferry, veo que la multitud que bajó conmigo del mismo barco, al salir a la calle, inmediatamente se transforma o se adapta al ritmo acelerado. No noté que ocurriera algún evento especial, una alarma, una sirena, nada. Simplemente emularon a los que ya andaban por las calles. La paciencia quedó anclada en el puerto y se vuelve a ser esa multitud solitaria. Todos avanzando juntos, a toda prisa, pero cada uno aislado.

     En una isla, hay poca cantidad de personas, en comparación con una gran ciudad, sin embargo, sentir soledad cuando se está entre tanta gente, resulta deprimente. Los que viven aislados geográficamente, normalmente viven más unidos entre sí. Los que viven unidos geográficamente y en multitud, aislados en un individualismo extraño, que evita interacciones sociales, pero que emula comportamientos, sobretodo, se aferra a vivir a un ritmo demasiado acelerado, para llegar cada día al mismo destino, como un hámster en su rueda de ejercicios.

La chica del tren

“La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces” - Proverbio persa

     Habiendo frecuentado por varios días el tren de Nueva York (NYC Subway), he podido observar pacientemente los comportamientos de las personas que viajan en este medio de transporte urbano. Aunque no soy sicólogo de profesión, admito que dedico mucho tiempo a analizar comportamientos. Me gusta conocer cómo piensan y actúan los demás, en distintas condiciones y situaciones.

     El Subway de Nueva York resulta un lugar muy interesante para mi. Lo primero que noté, al esperar el tren, el primero de mis días en aquella ciudad, fue la indiferencia. Cierto, nadie se conoce entre sí, pero nadie da saludos de cortesía y todos evitan contacto o aproximación excesiva al cruzar de un lado a otro en la estación. Todos esperando el tren, algunos con paciencia, otros dando caminatas, muestra de desesperación o, quizás, en algunos casos, para combatir el frío de la mañana.

     Llega el tren, la mayoría de pasajeros tiene la cortesía de dejar que primero salgan los que se bajan en esa estación, aunque siempre existen las groseras excepciones. Para subir, todos llevan mucha prisa, aunque se evitan empujones. Algunos caminan rápido para ocupar cualquier asiento desocupado, otros, con mucha paciencia, simplemente se sujetan a un tubo, quedando de pie.

     Los siguientes días, se repite todo igual, aunque tomo trenes a distintas horas, por lo que hay variaciones. La gente lleva menos paciencia cuando es hora de ir hacia el trabajo. La cortesía es mucho menor y los empujones llegan a verse con cierta frecuencia. Muy eventualmente alguien me pregunta “qué hora es” o  “cuánto falta para tal estación”. Aunque no soy de esa ciudad, leo mucho los mapas, por lo que me mantengo bien informado y a la vez, puedo brindar la información solicitada. Lo normal, no es solamente que nadie pregunte nada, sino, que ni tan siquiera dirijan la mirada. Al parecer existe algún tabú respecto a verse las caras. Noto que todos evitan contacto visual, prefiriendo ver hacia el piso, al techo, o fingir leer uno de los carteles que tiene cada vagón del tren. En los horarios cuando la mayoría regresa del trabajo (hay que tomar en cuenta que allí, los horarios de trabajo se extienden las 24 horas, aunque el diurno es el horario de mayor movimiento), noto más paciencia, pero no parece finalmente paciencia, sino, agotamiento físico, quizá también mental. Una rutina que consume las horas, las energías y, por las caras que veo (rompiendo cualquiera que sea el tabú que lo impide), también la felicidad.

     En uno de mis últimos días, o mejor dicho, de mis últimas noches por esa ciudad, en el tren de vuelta al lugar donde me hospedaba, veo la misma monotonía, distintas personas, pero mismas expresiones, misma indiferencia, mismo evitar cruces de miradas, algunos grupos de 2 ó 3 que al andar juntos, hablan entre ellos, aparentemente sufriendo de sordera, dado el alto tono que utilizan. En el tren, las personas son exageradamente silenciosas o exageradamente ruidosas; no se conoce el punto intermedio. Sin embargo, pese al habitual y calcado panorama de siempre, en una de las estaciones donde el tren se detiene, sube alguien que llama mucho mi atención. Es una chica, es atractiva, es elegante, su pelo rubio parece acariciarle el rostro suavemente y, sus ojos claros, parecen 2 faros enfocando todo a su alrededor. Pero lo anterior, es solamente la parte superficial, lo que realmente me llamó la atención fueron otras cosas.

     Esta chica, entra al vagón comiéndose un helado, sube con la mayor paciencia que jamás vi en todos los trenes que abordé antes. Se abraza a uno de los tubos verticales para tener apoyo, quedándose de pie, mientras sigue saboreando su, aparentemente delicioso postre. El tren se pone en marcha, miro el entorno, todos los demás mantienen la típica indiferencia, muchas miradas perdidas en las ventanas, que no muestran más que tuberías y paredes oscuras pasando a toda velocidad. Todo es monótono, excepto ella, que con su mirada, recorre todo lo que tiene enfrente, sin inmutarse al mirar a la cara al resto de pasajeros. En un punto, cruzamos la mirada, yo por estarla observando desde antes, ella, por esa curiosidad tan poco habitual en aquel lugar. Mantengo la vista fija, ella no muestra reacciones, simplemente sigue saboreando las últimas cucharadas de su helado. Nada le preocupa, no lleva prisa, su paciencia le permite disfrutar de todo, lo que come, lo que ve, lo que vive. Es justamente la falta de paciencia, lo que tiene al resto de pasajeros sumidos en una tristeza claramente visible en sus rostros. Una que probablemente ellos mismos no sepan explicarse. El rostro de la chica luce radiante, proyecta alegría. Me pregunto si, al igual que yo, ella también va analizando el comportamiento del resto de personas. Me pregunto por qué no encontré personas así en los demás trenes. ¿Será que ella estaba de turista como yo? Las personas suelen callar en el tren, algunos leen libros, otros escuchan música, otros juegan en sus teléfonos móviles. Ella no hacía nada de eso, al terminar su helado, simplemente seguía con su rostro sonriente, sin razón aparente. ¿Será que disfrutaba de todo en su vida? ¿A qué se dedica? ¿De dónde es? Son muchas preguntas que surgen, pero que no puedo responder por simple observación.

     En una estación se bajan varias personas, quedan asientos disponibles, pero ella se queda de pie. Al parecer le gusta observar su entorno y para ello, es más fácil cuando se está de pie. Si yo fuera sicólogo, ella sería un excelente caso de estudio. Aunque quizá, esté viendo en ella justamente lo mismo que he estado haciendo. Quizás sea otra persona como yo, con la paciencia para observar y analizar el entorno, con la osadía de romper tabúes, la determinación de disfrutar el momento, sin importar las condiciones.

     Se detiene el tren, se baja la chica. Sale caminando despacio, del mismo modo en que había entrado. El tren se pone en marcha nuevamente y pienso varias cosas. Quizás debí preguntarle su nombre y algunos datos sobre su persona, saber si su paciencia es natural, si vive en esa ciudad…   …tarde para eso. Con un nombre, hubiese tenido que renombrar el título de este escrito (esto es una forma positiva de ver las cosas).

     Como esto fue real, no una fábula, no se si deba concluir con alguna moraleja. De todos modos, puedo concluir que, aun en un lugar donde todo parezca siempre lo mismo, con paciencia, podemos encontrar algo especial.

NO POSPONER

"Seguir un consejo significa posponer la responsabilidad." - Johannes Urzidil

     La vida nos lleva siempre como un velero en el mar, empujado por el viento, pero guiado por la tripulación. En ocasiones nos olvidamos de dirigir nuestra embarcación y quedamos a merced del viento; a la deriva.

     Resulta fascinante ver la manera en que vamos realizando cada vez más las cosas que nos ponen a realizar otros, mientras vamos dejando las nuestras para después. Con el tiempo, sin darnos cuenta, posponemos todo lo nuestro, para realizar todo lo que pasamos a considerar más importante.

     Nos preguntamos por qué las personas padecen de vacíos emocionales y creo que la respuesta podría tener relación con el hecho que exponemos, de posponer las cosas que queremos y seguirlas posponiendo siempre, para un futuro incierto.

     Creo que todos nacemos con un espíritu de lucha, capaz de afrontar los retos que nos presente la vida. Cuando dejamos de usar ese espíritu, porque los retos ya no son nuestros, sino, que son retos exclusivamente ajenos, de alguna manera nos aburrimos y dejamos de sentir la pasión por la vida. Por ahí puede andar una causa del vacío emocional.

     Un ejemplo, pueden ser las relaciones amorosas. Nos unimos con alguien, por razones diversas, algunas con sentido y otras no, pero coincidiendo casi siempre en la pasión de cada uno por el otro. Al principio todo es perfecto, el fuego está siempre encendido. Luego hay que buscar el sustento, por lo que cada uno hace lo que sepa hacer para ello. Así nos vemos obligados a dedicar mucho tiempo del día a buscar sustento, cada uno por su lado. Vamos cayendo en la rutina diaria y nos vamos aburriendo. Con el tiempo vamos olvidando complacer a nuestra pareja, asumiendo que todo estará bien siempre. Cada uno por su parte, se va aburriendo del otro, hasta que la relación se convierte en parte de la rutina general. Todo esto, sin que nos demos cuenta. Hasta que cuando despertamos, ya es tarde.

     Fuimos posponiendo las pasiones, los sueños, los viajes, hasta las locuras. Posponiendo todo para un futuro que nunca llegaría.

     Como dice la frase del inicio, “Seguir un consejo significa posponer la responsabilidad”, y no pretendo que eso ocurra, sin embargo, quiero proponer que razonemos tranquilamente y comprendamos lo que significa NO POSPONER.

     Lo que eso puede implicar en nuestras vidas, cada uno con sus propias ideas y sus propias responsabilidades. No dejar los sueños para el mañana inexistente, salir a perseguirlos hoy mismo. No posponer la risa, aunque sea de lo absurdo. No posponer la pasión ni huir de los sentimientos (por más que esto pueda aterrar a algunos).

     No posponer lo que deseamos, desde lo más simple hasta lo extravagante. No posponer lo nuestro, sin caer en egoísmo. Si algo hemos de posponer, que sean las cosas que nos imponen, no las que nosotros deseamos lograr.

     Quizá la más importante de todas las cosas: ¡NO POSPONER LA VIDA!, porque el tiempo seguirá, pero la vida no es para siempre.

El día que cambiamos vida por trabajo

“La estupidez insiste siempre.”Albert Camus

     Empezamos pensando en porvenir, éxito, riquezas y otras estupideces. Nos ilusionamos con la idea de conquistar un estilo de vida de lujo, un verdadero sueño artificial.

     Nos dormimos y adentramos en ese profundo sueño, haciéndolo nuestro mundo real y creyendo que jamás sería necesario despertar. Un día, sin saber cuando, despertamos y descubrimos que el mundo no es lo que creímos. Descubrimos que los lujos soñados fueron solamente eso, sueños o ilusiones estúpidas. Descubrimos que ya no trabajamos por aquellos lujos, ya que son inalcanzables para nuestro presupuesto. Ya no trabajamos para un mejor estilo de vida. Ahora trabajamos para apenas vivir.

     Sin darnos cuenta, fuimos extendiendo cada día más nuestro horario laboral, fuimos posponiendo vacaciones, reduciendo el tiempo de ocio, descuidando las relaciones sentimentales, ignorando los hábitos alimenticios correctos y sencillamente, adaptando nuestra vida al trabajo.

     Ahora, ¿para qué trabajamos? pues ya no es para lo que lo hicimos al principio. Toda nuestra vida se basa ahora en el trabajo. La hora a la que nos acostamos y levantamos está dictaminada por el horario laboral. La hora de almuerzo (también desayuno y muy probablemente la cena) es una hora definida y limitada, que no necesariamente contempla tiempo para una siesta mientras se realiza el proceso digestivo. La mayoría debemos hacer digestión mientras trabajamos.

     Un día nos encontramos enfermos y buscamos causas ajenas a nuestro trabajo, sin pensar que eso es imposible, pues el trabajo es todo lo que hacemos. No puede haber causa más acertada que el trabajo mismo. El trabajo ahora es nuestra vida. Hicimos el cambio de una manera tan sutil que ni nosotros mismos nos dimos cuenta, pero lo hicimos. Ya no trabajamos para alcanzar sueños o para vivir, ahora simplemente vivimos para el trabajo.

     Perdimos los sueños, pero quedaron los lujos que nos brindaban los financiamientos. Luego los financiamientos nos hicieron ver que el ahorcamiento económico era un precio demasiado alto para los lujos que a fin de cuentas, nunca tuvimos tiempo para usar, dado a que debíamos estar trabajando todo el tiempo para poder pagar las deudas. Incrementamos las deudas para poder atender nuestras enfermedades, pese al engaño llamado seguro médico, que descubrimos como engaño a la hora de necesitarlo y darnos cuenta que las letras chiquitas de los contratos, son más importante que las grandes.

     La felicidad, pasó de una realidad inminente, que estaba a la vuelta de la esquina, a ser ahora un sueño utópico. El hallar esa persona ideal, fue algo que pospusimos para intentar buscarle cuando viviésemos en nuestro mundo ideal, pero al nunca alcanzarlo, tampoco pudimos hallar a esa persona, o si la hallamos, no pudimos dedicarle el tiempo necesario, porque había que trabajar, para poder vivir.

     Un día, vimos el trabajo como un medio, para llegar a un fin. Un día más adelante, el trabajo fue el fin, y el medio, fue nuestra vida.

Necedad humana

Desde los tiempos de Adán, los necios están en mayoría” – Casimir Delavigne

     Es una realidad que las ballenas, además de ser los animales más grandes del mundo, también son criaturas con una inteligencia muy considerable. Entonces, ¿por qué encallan las ballenas?

     En distintas costas, alrededor del planeta, recibimos noticias de ballenas encalladas, que se acercaron demasiado a la orilla y no pudieron volver, dado su enorme peso y la baja profundidad del mar.

     Aunque las razones reales de que las ballenas queden varadas en las playas, no son exactas ni tampoco son pocas, podríamos aventurarnos a suponer algunas, como la posible desorientación causada por los sonares de los grandes barcos. Pero sean cuales sean las razones, lo cierto es que ya asumimos como un hecho el que las ballenas encallen. También ocurre con los delfines, aunque probablemente por razones diferentes, ya que estos últimos, pese a que también son muy inteligentes, suelen ser muy osados a la hora de ir a buscar alimento (peces) en zonas de baja profundidad y muy cerca de la orilla.

     Pero otra criatura que se considera mucho más inteligente que ballenas y delfines, y que también suele encallar (aunque de una manera más metafórica), es el ser humano.

     Como especie, nos consideramos la cima de la pirámide general, sin embargo, actuamos de forma autodestructiva, depredando nuestro entorno, cegándonos por nuestras ambiciones, pensando en nosotros mismos e ignorando las necesidades del grupo, y finalmente, cuando nos venimos a dar cuenta, estamos encallados en esa orilla que estaba tan cerca, pero que no vimos por tener los ojos clavados en nuestra ambición, que no vimos a otros que ya encallaron primero, porque nunca vemos a los demás, sólo pensamos en lo que nos convenía como individuos. Con todo y nuestro razonamiento avanzado, en la marea nos dejamos llevar y actuamos por instinto, como si no tuviéramos inteligencia para ver más allá de lo que tenemos justo enfrente.

     Nuestra necedad, no solamente nos hace encallar, sino que también, nos hace olvidar esos errores y por tanto, volvemos a cometerlos una y otra vez. Lamentablemente, en nuestras necedades, no solamente nos dañamos a nosotros mismos, sino que también dañamos a nuestros semejantes, a otras especies y al planeta en general.

Recuerdos de América Latina

Dictadura: Sistema de gobierno en el que lo que no está prohibido es obligatorio” – Enrique Jardiel Poncela
el-gran-dictador     América Latina está compuesta por un conjunto de países que, desde la invasión conocida como “Descubrimiento de América”, ha servido como fuente inagotable de recursos a distintas potencias. Se han creado Repúblicas bananeras, cosa que al parecer, muchos de estos países nunca dejamos de ser. Se han impuesto gobiernos, sobre todo, dictadores, gracias a ayudas internacionales, como las “ofrecidas” por la CIA y que tanta sangre latina han derramado. Todos los dictadores de Latinoamérica, han sido el resultado de la desestabilización provocada adrede por una potencia en específico: Nuestros vecinos de Estados Unidos de América.

     La historia se repite periódicamente y sistemáticamente. Cuando un dictador deja de servir a los “ideales” norteños, es abandonado y “forzado” a dejar el poder, aunque claro, puede llevarse TODO el dinero que pueda cargar.

     En la década de los 70 y 80, existía un enorme temor a que en América Latina llegaran a triunfar los ideales socialistas, porque obviamente atentaban contra la corrupción, contra el saqueo y contra la explotación social y económica de potencias extranjeras en nuestros países, por ello, se creó una terrible sociedad multinacional, llamada: “Operación Cóndor”. Esta consistía en una red de inteligencia de distintos países, todos bajo regímenes de dictaduras y coordinados por los EE.UU.

     La operación Cóndor vigilaba, perseguía, secuestraba y asesinaba a todo aquel “sospechoso” de ser marxista, comunista, progresista y cualquier participante de actividades “terroristas” (que era como catalogaban a los socialistas). Todo esto al margen de cualquier ley y sin necesidad de respetar fronteras, ya que la operación contemplaba una especie de acuerdo intrafronterizo que permitía actuar libremente a sus miembros en cualquiera de los otros países, incluyendo hacer secuestros y asesinatos donde lo consideraran “necesario”.

     Ya pasaron las épocas de las dictaduras y los totalitarismos, o eso cree mucha gente. Lamentablemente, las cosas solamente han evolucionado. Ahora ya no se requieren sociedades secretas para amedrentar a los pueblos, ya se puede mandar las fuerzas policiales, siempre dispuestas a apoyar a los gobiernos y machacar a los pueblos. Se pueden utilizar los ejércitos para ametrallar a quienes no estén de acuerdo con lo impuesto. Ya no hace falta actuar en secreto. Los medios de comunicación son adquiridos por los grupos de poder y apoyan a quienes convenga para esos mismos grupos de poder. Ya no es necesario mantener la corrupción en secreto, basta con unos titulares absurdos en algunos medios de información (sería acertado decir “desinformación”) y la gente se lo creerá sin más ni menos.

     Un totalitarismo es cuando se tiene control absoluto, tanto del poder económico, la información y las fuerzas portadoras de armas. Tal como dijo el sabio Chaplin en la película El gran dictador, “Toda facción política que se eterniza en el poder, degenera en tiranía”.

Cuando las denuncias de corrupción terminan por:

- Desacreditar al denunciante

- Desinformar efectivamente al pueblo

- Intimidar a quienes osen “atizar al fuego”

- Actuación nula del sistema judicial

- El/los acusado(s) se sale(n) con la suya

¡Significa que se vive en una tiranía absolutista!

Navegante de la noche

Entre más oscura la noche, más brillantes las estrellas.” – Osho

Velero nocturno

     En una noche cualquiera, izo velas y me embarco a mi aventura por la vida. Es de noche, pero la luna ilumina con su tenue luz, mientras las estrellas marcan un mapa detallado que sirve de guía estelar. Sin saber dónde llegaré y mucho menos cuándo, me dejo arrastrar por las corrientes de aire que agitan las velas y hacen avanzar mi barco.  El mar parece en calma, aunque las apariencias siempre suelen engañar. Bajo esa masa oscura y fría, hay toda clase de criaturas al acecho, al igual que en las situaciones de nuestra vida cotidiana, aun sea en tierra firme.

     Pasando ya buen rato, llego a una isla muy pequeña en la cual decido bajarme a explorar, pese a la oscuridad de la noche. Al pisar tierra, me detengo y puedo escuchar sólo el viento, al parecer, único habitante. Me invade un cierto temor. Es el temor natural en el ser humano al sentirse solo. Al parecer está en nuestra naturaleza el vivir relacionados con otros seres de nuestra misma especie. Imposible evitar la necesidad repentina de querer encontrar a alguien. Pero es una isla desierta, no debo alimentar la necesidad humana con una realidad estéril.

     Es normal, aunque quizá no tanto natural, que el ser humano se empeñe en buscar y buscar en el mismo lugar, aun sabiéndose la inexistencia de lo que busca. Pero no estoy dispuesto a dejarme dominar por las inconsciencias humanas. Mejor abandono la isla y continúo mi viaje a cualquier parte, sin un destino marcado.

     Dejar tierra firme y zarpar a lo desconocido, aterra a la mayoría de las personas. Prefieren sentirse seguros y contentarse con la esperanza de alcanzar lo que desean sin alejarse de donde se encuentran. Si no logran alcanzarlo (sea porque quizá no existe en ese lugar), se contentan con la simple ilusión. La lógica, a menudo es nublada por las ilusiones, así como la verdadera lucha por alcanzar un sueño, a menudo es enterrada por la esperanza de que dicho sueño se hará realidad, por obra del destino, o por providencia divina.

     En la soledad del mar, la tenue luz de la luna y el amplio manto de estrellas, la nostalgia al fin me invade. Los deseos humanos se apoderan poco a poco de mi mente. Siento ganas de regresar, volver al punto de partida; ganas de sentirme seguro en tierra firme. El aterrador sonido del silencio hace que mi corazón lata más deprisa. Ni el viento susurra, ni las olas cortan en la proa. Desolador panorama y desalentador el deseo de seguir. Pero me niego a doblegar mi voluntad. La voluntad es algo propio de cada quien. Es la diferencia más marcada entre una personalidad y otra. Todos tenemos mucho en común, incluso las cosas que anhelamos suelen tener mucho en común, pero la voluntad, no tiene nada de eso. Es como una huella dactilar, distinta para cada individuo y, por si no bastara, además es variable. En ocasiones, nos sentimos con una fuerza de voluntad inquebrantable, mientras que en otros momentos, cualquier cosa, por pequeña que sea, puede quebrarla.

     Mi voluntad me anima a seguir, sin mirar atrás. Pienso en las cosas que quise encontrar en la isla que dejé antes, pero estoy consciente de que no había allí nada. Hice lo correcto, seguir. Mientras navego, sigo pensando. Pienso en que vale la pena seguir buscando, que hay otras islas en otros lugares y no todas estarán desiertas. También es cierto, que de continuar, tarde o temprano llegaré a algún continente, donde las probabilidades de encontrar lo que desee sean inmensas.

     Una estrella en movimiento irrumpe mi tranquilidad. Se acerca lentamente, hasta que descubro que es otra embarcación. Al parecer, otro navegante nocturno. Se acerca lo suficiente y se detiene al lado de mi barco. Es una mujer, a juzgar por la silueta que la luna remarca con su pincel luminoso. Parece que ha emprendido la misma travesía que yo.

     Estamos uno frente al otro, pero nadie pregunta ni dice nada. Cada uno en espera, sin saber realmente de que. Es otra cualidad humana, esperar que otros tomen iniciativas, sobretodo, cuando tememos equivocarnos o tememos las consecuencias que pudiesen ocurrir. Las opciones son limitadas: Que uno de los dos tome la iniciativa de al menos preguntar lo que sea o que alguno de los dos gire su embarcación y prosiga su camino.

     Proseguir el camino hacia ninguna o cualquier parte,  parece ser un mecanismo de defensa, quizá una manera evasiva para no enfrentar la realidad o para escondernos ante el temor de que la realidad no sea como la imaginamos.

     En mi interior, tras una lucha ardua entre fuerza de voluntad y sentimientos humanos evasivos, concluyo que no vale la pena dejar pasar la oportunidad. Vale más aprovechar la realidad actual y descubrirla en todas sus formas, que seguir evadiendo. Me decido a tomar la iniciativa y ahogar las dudas.

     El mar es muy basto, si no es lo que esperaba, aun quedan muchas noches para seguir navegando, muchas islas para seguir explorando y mucha vida para seguir viviendo.