Navegante de la noche

Entre más oscura la noche, más brillantes las estrellas.” – Osho

Velero nocturno

     En una noche cualquiera, izo velas y me embarco a mi aventura por la vida. Es de noche, pero la luna ilumina con su tenue luz, mientras las estrellas marcan un mapa detallado que sirve de guía estelar. Sin saber dónde llegaré y mucho menos cuándo, me dejo arrastrar por las corrientes de aire que agitan las velas y hacen avanzar mi barco.  El mar parece en calma, aunque las apariencias siempre suelen engañar. Bajo esa masa oscura y fría, hay toda clase de criaturas al acecho, al igual que en las situaciones de nuestra vida cotidiana, aun sea en tierra firme.

     Pasando ya buen rato, llego a una isla muy pequeña en la cual decido bajarme a explorar, pese a la oscuridad de la noche. Al pisar tierra, me detengo y puedo escuchar sólo el viento, al parecer, único habitante. Me invade un cierto temor. Es el temor natural en el ser humano al sentirse solo. Al parecer está en nuestra naturaleza el vivir relacionados con otros seres de nuestra misma especie. Imposible evitar la necesidad repentina de querer encontrar a alguien. Pero es una isla desierta, no debo alimentar la necesidad humana con una realidad estéril.

     Es normal, aunque quizá no tanto natural, que el ser humano se empeñe en buscar y buscar en el mismo lugar, aun sabiéndose la inexistencia de lo que busca. Pero no estoy dispuesto a dejarme dominar por las inconsciencias humanas. Mejor abandono la isla y continúo mi viaje a cualquier parte, sin un destino marcado.

     Dejar tierra firme y zarpar a lo desconocido, aterra a la mayoría de las personas. Prefieren sentirse seguros y contentarse con la esperanza de alcanzar lo que desean sin alejarse de donde se encuentran. Si no logran alcanzarlo (sea porque quizá no existe en ese lugar), se contentan con la simple ilusión. La lógica, a menudo es nublada por las ilusiones, así como la verdadera lucha por alcanzar un sueño, a menudo es enterrada por la esperanza de que dicho sueño se hará realidad, por obra del destino, o por providencia divina.

     En la soledad del mar, la tenue luz de la luna y el amplio manto de estrellas, la nostalgia al fin me invade. Los deseos humanos se apoderan poco a poco de mi mente. Siento ganas de regresar, volver al punto de partida; ganas de sentirme seguro en tierra firme. El aterrador sonido del silencio hace que mi corazón lata más deprisa. Ni el viento susurra, ni las olas cortan en la proa. Desolador panorama y desalentador el deseo de seguir. Pero me niego a doblegar mi voluntad. La voluntad es algo propio de cada quien. Es la diferencia más marcada entre una personalidad y otra. Todos tenemos mucho en común, incluso las cosas que anhelamos suelen tener mucho en común, pero la voluntad, no tiene nada de eso. Es como una huella dactilar, distinta para cada individuo y, por si no bastara, además es variable. En ocasiones, nos sentimos con una fuerza de voluntad inquebrantable, mientras que en otros momentos, cualquier cosa, por pequeña que sea, puede quebrarla.

     Mi voluntad me anima a seguir, sin mirar atrás. Pienso en las cosas que quise encontrar en la isla que dejé antes, pero estoy consciente de que no había allí nada. Hice lo correcto, seguir. Mientras navego, sigo pensando. Pienso en que vale la pena seguir buscando, que hay otras islas en otros lugares y no todas estarán desiertas. También es cierto, que de continuar, tarde o temprano llegaré a algún continente, donde las probabilidades de encontrar lo que desee sean inmensas.

     Una estrella en movimiento irrumpe mi tranquilidad. Se acerca lentamente, hasta que descubro que es otra embarcación. Al parecer, otro navegante nocturno. Se acerca lo suficiente y se detiene al lado de mi barco. Es una mujer, a juzgar por la silueta que la luna remarca con su pincel luminoso. Parece que ha emprendido la misma travesía que yo.

     Estamos uno frente al otro, pero nadie pregunta ni dice nada. Cada uno en espera, sin saber realmente de que. Es otra cualidad humana, esperar que otros tomen iniciativas, sobretodo, cuando tememos equivocarnos o tememos las consecuencias que pudiesen ocurrir. Las opciones son limitadas: Que uno de los dos tome la iniciativa de al menos preguntar lo que sea o que alguno de los dos gire su embarcación y prosiga su camino.

     Proseguir el camino hacia ninguna o cualquier parte,  parece ser un mecanismo de defensa, quizá una manera evasiva para no enfrentar la realidad o para escondernos ante el temor de que la realidad no sea como la imaginamos.

     En mi interior, tras una lucha ardua entre fuerza de voluntad y sentimientos humanos evasivos, concluyo que no vale la pena dejar pasar la oportunidad. Vale más aprovechar la realidad actual y descubrirla en todas sus formas, que seguir evadiendo. Me decido a tomar la iniciativa y ahogar las dudas.

     El mar es muy basto, si no es lo que esperaba, aun quedan muchas noches para seguir navegando, muchas islas para seguir explorando y mucha vida para seguir viviendo.

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