El día que cambiamos vida por trabajo

“La estupidez insiste siempre.”Albert Camus

     Empezamos pensando en porvenir, éxito, riquezas y otras estupideces. Nos ilusionamos con la idea de conquistar un estilo de vida de lujo, un verdadero sueño artificial.

     Nos dormimos y adentramos en ese profundo sueño, haciéndolo nuestro mundo real y creyendo que jamás sería necesario despertar. Un día, sin saber cuando, despertamos y descubrimos que el mundo no es lo que creímos. Descubrimos que los lujos soñados fueron solamente eso, sueños o ilusiones estúpidas. Descubrimos que ya no trabajamos por aquellos lujos, ya que son inalcanzables para nuestro presupuesto. Ya no trabajamos para un mejor estilo de vida. Ahora trabajamos para apenas vivir.

     Sin darnos cuenta, fuimos extendiendo cada día más nuestro horario laboral, fuimos posponiendo vacaciones, reduciendo el tiempo de ocio, descuidando las relaciones sentimentales, ignorando los hábitos alimenticios correctos y sencillamente, adaptando nuestra vida al trabajo.

     Ahora, ¿para qué trabajamos? pues ya no es para lo que lo hicimos al principio. Toda nuestra vida se basa ahora en el trabajo. La hora a la que nos acostamos y levantamos está dictaminada por el horario laboral. La hora de almuerzo (también desayuno y muy probablemente la cena) es una hora definida y limitada, que no necesariamente contempla tiempo para una siesta mientras se realiza el proceso digestivo. La mayoría debemos hacer digestión mientras trabajamos.

     Un día nos encontramos enfermos y buscamos causas ajenas a nuestro trabajo, sin pensar que eso es imposible, pues el trabajo es todo lo que hacemos. No puede haber causa más acertada que el trabajo mismo. El trabajo ahora es nuestra vida. Hicimos el cambio de una manera tan sutil que ni nosotros mismos nos dimos cuenta, pero lo hicimos. Ya no trabajamos para alcanzar sueños o para vivir, ahora simplemente vivimos para el trabajo.

     Perdimos los sueños, pero quedaron los lujos que nos brindaban los financiamientos. Luego los financiamientos nos hicieron ver que el ahorcamiento económico era un precio demasiado alto para los lujos que a fin de cuentas, nunca tuvimos tiempo para usar, dado a que debíamos estar trabajando todo el tiempo para poder pagar las deudas. Incrementamos las deudas para poder atender nuestras enfermedades, pese al engaño llamado seguro médico, que descubrimos como engaño a la hora de necesitarlo y darnos cuenta que las letras chiquitas de los contratos, son más importante que las grandes.

     La felicidad, pasó de una realidad inminente, que estaba a la vuelta de la esquina, a ser ahora un sueño utópico. El hallar esa persona ideal, fue algo que pospusimos para intentar buscarle cuando viviésemos en nuestro mundo ideal, pero al nunca alcanzarlo, tampoco pudimos hallar a esa persona, o si la hallamos, no pudimos dedicarle el tiempo necesario, porque había que trabajar, para poder vivir.

     Un día, vimos el trabajo como un medio, para llegar a un fin. Un día más adelante, el trabajo fue el fin, y el medio, fue nuestra vida.

Necedad humana

Desde los tiempos de Adán, los necios están en mayoría” – Casimir Delavigne

     Es una realidad que las ballenas, además de ser los animales más grandes del mundo, también son criaturas con una inteligencia muy considerable. Entonces, ¿por qué encallan las ballenas?

     En distintas costas, alrededor del planeta, recibimos noticias de ballenas encalladas, que se acercaron demasiado a la orilla y no pudieron volver, dado su enorme peso y la baja profundidad del mar.

     Aunque las razones reales de que las ballenas queden varadas en las playas, no son exactas ni tampoco son pocas, podríamos aventurarnos a suponer algunas, como la posible desorientación causada por los sonares de los grandes barcos. Pero sean cuales sean las razones, lo cierto es que ya asumimos como un hecho el que las ballenas encallen. También ocurre con los delfines, aunque probablemente por razones diferentes, ya que estos últimos, pese a que también son muy inteligentes, suelen ser muy osados a la hora de ir a buscar alimento (peces) en zonas de baja profundidad y muy cerca de la orilla.

     Pero otra criatura que se considera mucho más inteligente que ballenas y delfines, y que también suele encallar (aunque de una manera más metafórica), es el ser humano.

     Como especie, nos consideramos la cima de la pirámide general, sin embargo, actuamos de forma autodestructiva, depredando nuestro entorno, cegándonos por nuestras ambiciones, pensando en nosotros mismos e ignorando las necesidades del grupo, y finalmente, cuando nos venimos a dar cuenta, estamos encallados en esa orilla que estaba tan cerca, pero que no vimos por tener los ojos clavados en nuestra ambición, que no vimos a otros que ya encallaron primero, porque nunca vemos a los demás, sólo pensamos en lo que nos convenía como individuos. Con todo y nuestro razonamiento avanzado, en la marea nos dejamos llevar y actuamos por instinto, como si no tuviéramos inteligencia para ver más allá de lo que tenemos justo enfrente.

     Nuestra necedad, no solamente nos hace encallar, sino que también, nos hace olvidar esos errores y por tanto, volvemos a cometerlos una y otra vez. Lamentablemente, en nuestras necedades, no solamente nos dañamos a nosotros mismos, sino que también dañamos a nuestros semejantes, a otras especies y al planeta en general.