La multitud solitaria

“En todo el mundo, no hay soledad como en la gran ciudad”Helen Hayes

     Estando de vacaciones en La Gran Ciudad (NYC), analizando, como siempre, comportamientos de las personas en cada entorno al que me muevo, me encuentro con un contraste tan grande como la ciudad misma: La soledad en medio de la multitud.

     Suena algo irónico o paradójico, pero no por ello deja de ser real. Resulta que es una ciudad muy poblada y, no solamente en cantidad de personas, sino, también en cantidad de culturas distintas, conviviendo al unísono, todas al ritmo marcado por la propia ciudad, un ritmo verdaderamente acelerado.

     Grandes masas de personas en las calles, algunos trabajadores, otros, visitantes. Los primeros, van a toda prisa, por sus horarios laborales; los segundos, van a toda prisa porque el ser humano tiende a imitar los comportamientos en masa, sin detenerse a entender las razones.

     Algunos visitantes, se detienen a tomar fotos a los altos edificios, los luminosos letreros o algunas arquitecturas que merecen la pena retratar, no sin antes haber fotografiado varias cabezas humanas, ya que nadie se detiene al ver una cámara apuntando el objetivo hacia una edificación. A nadie parece importarle nada, excepto llegar a destino a tiempo.

     El tiempo, precisamente un factor clave en nuestras vidas. Es el tiempo el que nos marca el ritmo de vida, que debería ser nuestro guía, pero imitamos el ritmo de la ciudad e ignoramos el nuestro. El tiempo en que vivimos es uno solo: Presente. Pero parece que la multitud sólo se preocupa por el tiempo futuro, antes del cual debe llegar, y el tiempo pasado, mortificándose por haberlo perdido o por las cosas que nunca se hicieron.

     Ritmo acelerado, tiempo presente ignorado. Esta combinación crea una sensación de soledad, viendo la multitud como un todo, es una multitud solitaria.

     Continuando mi camino, llego a un puerto llamado South Ferry. Me interesa conocer el lugar, por lo que decido entrar. Hay muchos policías afuera y adentro, algunos con perros que, asumo, están entrenados para olfatear explosivos y/o algunas drogas. Al entrar, veo un grupo de personas que esperan la llegada de un ferry. Pregunto el destino, me dicen que hacia Staten Island. Pienso unos segundos, luego, sin pensarlo demasiado, decido que iré a conocer la isla. Me pongo en una de las filas que esperan la embarcación. En unos minutos llega el ferry. La fila empieza a avanzar. Había olvidado averiguar el precio de ese transporte, aunque en la estación no había ventanilla alguna que indicara venta de tickets. Seguimos avanzando, paso cerca de un empleado de seguridad y le pregunto por los tickets, me dice que no hay tickets, que es gratis. Me sorprendí bastante. Luego de varios días pagando todo, en comparación con mi país de origen, sumamente caro, al fin algo gratis. Me alegré doblemente, tanto por el transporte, como por un paseo navegando hacia una isla nueva para mí.

     Zarpa el ferry, salgo, junto a otros turistas curiosos, a uno de los largos pasillos laterales del segundo piso, al parecer, hechos específicamente para los curiosos, fotógrafos y también los que desafiamos el frío viento de ese día, ya que dentro se estaba mucho más protegido del clima, pero  ahí me hubiese perdido toda la acción.

     Se ve la gran ciudad alejarse poco a poco, mientras el inmenso río Hudson, más grande por estar cerca de su desembocadura, es como un mar abierto, de aguas turbias. Se ve la famosa estatua de La libertad, lo que alienta a todo aquel con una cámara, a enfocar su objetivo y tomar sus propias postales. En pocos minutos llegamos a Staten Island. Suben algunos policías que esperan a que todos los pasajeros nos bajemos. Por lo visto, hacen una revisión minuciosa cada vez que el ferry toca puerto. Bajamos lentamente, ya que el ritmo acelerado de la ciudad quedó en el otro puerto.

     Veo que todos los pasajeros que bajaron, salvo muy pocas excepciones, se van directamente a la terminal de regreso, a esperar el ferry para volver. ¿Será que solamente querían disfrutar un viaje en barco? Puede ser, pero mi curiosidad no me permitiría simplemente volver, sin conocer nada en la isla.

     Salgo de la terminal, como no conozco nada, no tengo un mapa y tampoco un destino a visitar, tomo el camino más obvio, que de momento, es la única calle que tengo enfrente. Al caminar un poco, llego a lo que parece ser una de las calles principales de la isla. Al otro lado, hay una estación de policía. Fuera, hay varias patrullas vigilando todo a su alrededor. Me sorprendió que también en aquel lugar tengan tanta vigilancia. Antes de cruzar, veo un anuncio del “Staten Island Museum” (Museo de Staten Island), con un mapa indicando donde queda. La referencia principal era el puerto del ferry, que dejé atrás hace poco, por lo que me fue fácil ubicarlo, aparte de que estaba cerca. Me dirigí al museo, que más bien es una casa que adecuaron para exhibir algunas cosas.

     Lo primero que noto al entrar al museo, es la cordialidad, algo que no se ve a menudo al otro lado, en la gran ciudad. La mujer que está en recepción, que es la misma de ventas de tickets y también de “guía”, habla con una calma que me da a entender que realmente el ritmo acelerado no se extiende hasta la isla. Pasear todas las áreas del museo, es cuestión de pocos minutos, ya que realmente no hay mucho que ver, pese a que son 3 pisos de exhibiciones, pero galerías pequeñas, aunque interesantes.

     Al salir del museo, el estómago me da la señal de que es hora de alimentarlo. Al caminar un corto rato por la que asumí como calle principal (que probablemente no lo era, pues la isla es mucho más grande de lo que había imaginado en ese momento), encuentro una pequeña plaza con varios restaurantes. Entro a uno de ellos y veo que todos hablan español, incluyendo los clientes que había. El menú ofrece comida española y dominicana, que casualidad. Aprovecho para saborear mi adorado arroz con habichuelas, al tiempo que hago silenciar las quejas de mi estómago.

     Antes de irme, camino un poco más por las calles que me quedan cerca. Veo personas relajadas, que no les importa pararse a esperar la luz verde peatonal para cruzar la calle. Algunos adolescentes, más acelerados debido a su edad, cruzan las calles por donde no hay indicaciones de paso. De todos modos, no hay un tránsito considerablemente pesado, aunque vuelvo a notar la gran cantidad de policías que circulan por las calles, algunos parados conversando entre ellos en algunas esquinas.

         Al llegar nuevamente al puerto South Ferry, veo que la multitud que bajó conmigo del mismo barco, al salir a la calle, inmediatamente se transforma o se adapta al ritmo acelerado. No noté que ocurriera algún evento especial, una alarma, una sirena, nada. Simplemente emularon a los que ya andaban por las calles. La paciencia quedó anclada en el puerto y se vuelve a ser esa multitud solitaria. Todos avanzando juntos, a toda prisa, pero cada uno aislado.

     En una isla, hay poca cantidad de personas, en comparación con una gran ciudad, sin embargo, sentir soledad cuando se está entre tanta gente, resulta deprimente. Los que viven aislados geográficamente, normalmente viven más unidos entre sí. Los que viven unidos geográficamente y en multitud, aislados en un individualismo extraño, que evita interacciones sociales, pero que emula comportamientos, sobretodo, se aferra a vivir a un ritmo demasiado acelerado, para llegar cada día al mismo destino, como un hámster en su rueda de ejercicios.

La chica del tren

“La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces” - Proverbio persa

     Habiendo frecuentado por varios días el tren de Nueva York (NYC Subway), he podido observar pacientemente los comportamientos de las personas que viajan en este medio de transporte urbano. Aunque no soy sicólogo de profesión, admito que dedico mucho tiempo a analizar comportamientos. Me gusta conocer cómo piensan y actúan los demás, en distintas condiciones y situaciones.

     El Subway de Nueva York resulta un lugar muy interesante para mi. Lo primero que noté, al esperar el tren, el primero de mis días en aquella ciudad, fue la indiferencia. Cierto, nadie se conoce entre sí, pero nadie da saludos de cortesía y todos evitan contacto o aproximación excesiva al cruzar de un lado a otro en la estación. Todos esperando el tren, algunos con paciencia, otros dando caminatas, muestra de desesperación o, quizás, en algunos casos, para combatir el frío de la mañana.

     Llega el tren, la mayoría de pasajeros tiene la cortesía de dejar que primero salgan los que se bajan en esa estación, aunque siempre existen las groseras excepciones. Para subir, todos llevan mucha prisa, aunque se evitan empujones. Algunos caminan rápido para ocupar cualquier asiento desocupado, otros, con mucha paciencia, simplemente se sujetan a un tubo, quedando de pie.

     Los siguientes días, se repite todo igual, aunque tomo trenes a distintas horas, por lo que hay variaciones. La gente lleva menos paciencia cuando es hora de ir hacia el trabajo. La cortesía es mucho menor y los empujones llegan a verse con cierta frecuencia. Muy eventualmente alguien me pregunta “qué hora es” o  “cuánto falta para tal estación”. Aunque no soy de esa ciudad, leo mucho los mapas, por lo que me mantengo bien informado y a la vez, puedo brindar la información solicitada. Lo normal, no es solamente que nadie pregunte nada, sino, que ni tan siquiera dirijan la mirada. Al parecer existe algún tabú respecto a verse las caras. Noto que todos evitan contacto visual, prefiriendo ver hacia el piso, al techo, o fingir leer uno de los carteles que tiene cada vagón del tren. En los horarios cuando la mayoría regresa del trabajo (hay que tomar en cuenta que allí, los horarios de trabajo se extienden las 24 horas, aunque el diurno es el horario de mayor movimiento), noto más paciencia, pero no parece finalmente paciencia, sino, agotamiento físico, quizá también mental. Una rutina que consume las horas, las energías y, por las caras que veo (rompiendo cualquiera que sea el tabú que lo impide), también la felicidad.

     En uno de mis últimos días, o mejor dicho, de mis últimas noches por esa ciudad, en el tren de vuelta al lugar donde me hospedaba, veo la misma monotonía, distintas personas, pero mismas expresiones, misma indiferencia, mismo evitar cruces de miradas, algunos grupos de 2 ó 3 que al andar juntos, hablan entre ellos, aparentemente sufriendo de sordera, dado el alto tono que utilizan. En el tren, las personas son exageradamente silenciosas o exageradamente ruidosas; no se conoce el punto intermedio. Sin embargo, pese al habitual y calcado panorama de siempre, en una de las estaciones donde el tren se detiene, sube alguien que llama mucho mi atención. Es una chica, es atractiva, es elegante, su pelo rubio parece acariciarle el rostro suavemente y, sus ojos claros, parecen 2 faros enfocando todo a su alrededor. Pero lo anterior, es solamente la parte superficial, lo que realmente me llamó la atención fueron otras cosas.

     Esta chica, entra al vagón comiéndose un helado, sube con la mayor paciencia que jamás vi en todos los trenes que abordé antes. Se abraza a uno de los tubos verticales para tener apoyo, quedándose de pie, mientras sigue saboreando su, aparentemente delicioso postre. El tren se pone en marcha, miro el entorno, todos los demás mantienen la típica indiferencia, muchas miradas perdidas en las ventanas, que no muestran más que tuberías y paredes oscuras pasando a toda velocidad. Todo es monótono, excepto ella, que con su mirada, recorre todo lo que tiene enfrente, sin inmutarse al mirar a la cara al resto de pasajeros. En un punto, cruzamos la mirada, yo por estarla observando desde antes, ella, por esa curiosidad tan poco habitual en aquel lugar. Mantengo la vista fija, ella no muestra reacciones, simplemente sigue saboreando las últimas cucharadas de su helado. Nada le preocupa, no lleva prisa, su paciencia le permite disfrutar de todo, lo que come, lo que ve, lo que vive. Es justamente la falta de paciencia, lo que tiene al resto de pasajeros sumidos en una tristeza claramente visible en sus rostros. Una que probablemente ellos mismos no sepan explicarse. El rostro de la chica luce radiante, proyecta alegría. Me pregunto si, al igual que yo, ella también va analizando el comportamiento del resto de personas. Me pregunto por qué no encontré personas así en los demás trenes. ¿Será que ella estaba de turista como yo? Las personas suelen callar en el tren, algunos leen libros, otros escuchan música, otros juegan en sus teléfonos móviles. Ella no hacía nada de eso, al terminar su helado, simplemente seguía con su rostro sonriente, sin razón aparente. ¿Será que disfrutaba de todo en su vida? ¿A qué se dedica? ¿De dónde es? Son muchas preguntas que surgen, pero que no puedo responder por simple observación.

     En una estación se bajan varias personas, quedan asientos disponibles, pero ella se queda de pie. Al parecer le gusta observar su entorno y para ello, es más fácil cuando se está de pie. Si yo fuera sicólogo, ella sería un excelente caso de estudio. Aunque quizá, esté viendo en ella justamente lo mismo que he estado haciendo. Quizás sea otra persona como yo, con la paciencia para observar y analizar el entorno, con la osadía de romper tabúes, la determinación de disfrutar el momento, sin importar las condiciones.

     Se detiene el tren, se baja la chica. Sale caminando despacio, del mismo modo en que había entrado. El tren se pone en marcha nuevamente y pienso varias cosas. Quizás debí preguntarle su nombre y algunos datos sobre su persona, saber si su paciencia es natural, si vive en esa ciudad…   …tarde para eso. Con un nombre, hubiese tenido que renombrar el título de este escrito (esto es una forma positiva de ver las cosas).

     Como esto fue real, no una fábula, no se si deba concluir con alguna moraleja. De todos modos, puedo concluir que, aun en un lugar donde todo parezca siempre lo mismo, con paciencia, podemos encontrar algo especial.