La máscara invisible

“Los hombres no cambian, se desenmascaran”Germaine De Staël

Disfraz

     Suelen darse los casos de personas que nos muestran una versión de ellas mismas, que al parecer es variable, según las circunstancias del momento. En algunos casos, nos muestran su versión más amable, cuando quieren conseguir algo de nosotros, pero una vez conseguido el objetivo, dejan salir su verdadero “yo”. La versión real de su persona.

     En ocasiones llamamos a esto “usar máscara”, que viene siendo equivalente a “tener dos caras”. El problema (o lo bueno) de quien utiliza una máscara, es que tarde o temprano, por descuido o por circunstancia, resulta desenmascarado y la verdad queda expuesta.

     Los famosos “lobos disfrazados de ovejas”, son comunes en casi todos los ambientes. Es como si fuera algo “natural” en el ser humano. Es un comportamiento aparentemente “heredado”, no de nuestro respectivo árbol genealógico, sino, de la sociedad en que crecimos. Es un modus operandi que algunos adoptan y que emplean para conseguir alcanzar sus “metas”.

     Con la experiencia, es posible que nos demos cuenta de cuando una persona utiliza alguna “máscara” que disfrace sus verdaderas intenciones. Es posible que aprendamos el olor de los lobos y el de las ovejas, para poder así distinguir unos de otros, a lo lejos. Es posible que sepamos evitar asociarnos con estos falsos profetas. Sin embargo, lo que nunca resulta fácil tarea, ni para el más experto conocedor del ser humano, es detectar “la máscara invisible”.

     Por invisible me refiero, no solamente a que es una máscara no visible por el ojo, sino también, imperceptible a los demás sentidos. Un lobo al que no podamos olfatear, ni a lo lejos ni estando frente a el. Un ladrón al que no podemos escuchar mientras se desliza por las sombras de la noche. Esa máscara invisible es la que utilizan aquellos que, estando en su versión real o estando en su versión malintencionada, no presentan diferencia alguna. Es una máscara propia de verdaderos maestros del engaño. A esos maestros debemos reconocerles su mérito, pues logran ganar confianza y ejercer poder de una forma tan natural, que parecen haber nacido para ello.

     Aun a estos maestros, les aplica la misma frase con la que iniciamos este escrito: “Los hombres no cambian, se desenmascaran”. Si bien es cierto que para estas máscaras invisibles existen muy pocos detectores, también es cierto que la falsedad no es un árbol que cuenta con raíces para sostenerse. Es cuestión de tiempo para que caigan, máscara y enmascarado.